sábado, 18 de febrero de 2017

"El urbanismo líquido", conferencia de Eugenio Reyes


El próximo jueves 23 de febrero, Eugenio Reyes Naranjo interviene en el Aula Manuel Alemán de la ULPGC con la ponencia "El urbanismo líquido: Apuntes para una aproximación filosófica a la ley del suelo de Canarias".
 
Hora: 19:30 horas. 

Lugar: Aula de piedra del Rectorado en la c/Juan de Quesada.

Desde su origen clásico en el que la Filosofía nace en las polis griegas , territorio y filosofía han tenido a lo  largo de la historia vínculos fecundos. En esta sesión pretendemos aportar, desde  una mirada crítica,  una  reflexión  filosófica sobre la proposición de ley del suelo de Canarias, que está en trámite parlamentario.
Qué modelo de personas/cuidado propone, qué valores neoliberales la alimentan, qué perspectiva ética oculta hay detrás de la nueva  propuesta de ordenación del suelo serán centrales en el desarrollo de la misma, con alguien muy implicado tanto práctica como teóricamente en el tema y en las iniciativas recientes.

Eugenio Reyes Naranjo es Licenciado en Sociología, Técnico en Gestión Sostenible de Fincas Ecológicas, Técnico Superior en Energías Renovables y Técnico Ambiental en Socio-botánica. Con más de 30 de años de experiencia en la agricultura ecológica y lleva  25 años trabajando en el  Jardín Canario, es Premio Canarias de Medio Ambiente, (modalidad colectiva). Director del Banco de Saberes de la Tierra y del Aula de la ULPGC de estudios de Globalización, Paz e Interculturalidad,  publicaciones relevantes como el Vademécum Practicum de Iniciación a la Agricultura Ecológica, publicaciones sobre territorio y decrecimiento próspero, ponente varias leyes sobre medio ambiente de Canarias ( directrices de sostenibilidad de Canarias, Pecan, ley de voluntariado de Canarias entre otras).



sábado, 28 de enero de 2017

"El olvido de sí" próxima sesión de CRYSOL

El jueves 16 de febrero tendrá lugar el próximo encuentro del grupo CRYSOL del Departamento de Filosofía y Ciencias Humanas del ISTIC. El título del encuentro es "Charles de Foucauld y la resistencia solidaria"

Pensaremos juntos en torno a El olvido de sí, novela de Pablo d´Ors sobre la vida y el testimonio de Charles de Foucauld, referente imprescindible para la renovación en el siglo XXI de la experiencia de los padres del desierto.

Hora: 20:00
Lugar: Instituto Superior de Teología de las Islas Canarias (ISTIC), Campus de Tafira

Entrada y salida libres

viernes, 20 de enero de 2017

El alma como mercancía


 Daniel Barreto

Uno diría que apelar a la “inteligencia emocional” significa reivindicar la empatía frente a una razón fría y abstracta. Curiosamente, al profundizar un poco en su pequeña historia, encontraremos una concepción como mínimo cuestionable de la vida interior. Según muestra la socióloga Eva Illouz en su librito El futuro del alma (Katz, 2014), la inteligencia emocional es indisociable de la “gestión emocional”, expresión que se ha difundido masivamente en las conversaciones cotidianas para hablar de nuestros sentimientos de un modo que hubiese escandalizado al poeta John Keats o a la novelista Jane Austen.

Durante la década de los noventa, la “cultura” empresarial comenzó a considerar las emociones un factor decisivo en la evaluación del rendimiento laboral. La psicología aportó los estándares que servirían para cuantificar los grados de adaptación del trabajador a las exigencias de la empresa. Las emociones eran tenidas en cuenta como recursos que debían ponerse al servicio del proyecto y, por tanto, ser controlados para no obstaculizar la entrega anímica a la productividad.

Un empleado es calificado como inteligente emocional cuando canaliza sus estados de ánimo en función de la maximización de beneficios. La melancolía o la depresión no serán vistas entonces como necesarios procesos de duelo, momentos de búsqueda personal o el anhelo de una vida diferente, sino experiencias improductivas para todo “buen gestor”. Lo mismo diríamos de una compasión sin cálculo que se saltara a la torera la competición de todos contra todos o un encuentro amoroso que arrebatara al individuo un ápice de interés por rendir culto tanto a la aceleración cotidiana como al imperativo asfixiante del ocio industrial.

Aunque la retórica de la inteligencia emocional valora la cooperación, en realidad se trata de la cohesión del grupo que compite a dentelladas contra otros grupos empresariales. Eva Illouz no lo menciona, pero lo cierto es que, a partir de su crítica, cabe desvelar las implícitas afinidades políticas del famoso libro de Daniel Goleman, Inteligencia emocional. Basta leer con atención el capítulo titulado “Los solitarios y los marginados”, donde el autor culpabiliza a los inadaptados sociales de su propia relegación. Ni siquiera tímidamente se le ocurre sugerir que las doctrinas neoliberales consagran la ley del más fuerte. La inteligencia emocional podría acabar funcionando entonces como una ideología de adaptación obsesiva a la sociedad de mercado.

¿Qué implica el hecho de que la evaluación de la gestión “correcta” de las emociones se deje cada vez más en manos de expertos? La pérdida de autonomía y singularidad. La libertad para interpretar los sentimientos fuera de la lógica del triunfo económico podría traer contratiempos y, para quien se atreviese a forjar un carácter propio, el riesgo de la marginación. La disyuntiva es endiablada, tal vez irresoluble. Si uno reprime los sentimientos incompatibles con las exigencias mercantiles, evitará sucumbir y seguirá integrado. Pero esa misma represión le hará perderse a sí mismo y arrastrar su vacío interior como un zombie, un poco al estilo del personaje de Edward Norton al comienzo del film El club de la lucha.
            
        La gestión emocional no se queda en los centros de trabajo o frente a la pantalla de tantos “trabajos inmateriales”, como dice con enternecedor entusiasmo Toni Negri, sino que se traslada al tiempo libre. Entonces, en aquellos ámbitos donde se suponía no iba a regir el fragor de la concurrencia, se introduce el dictado de las emociones estratégicas. Las etiquetas psicológicas colonizan la intimidad hasta el punto de que las propias emociones se vuelven extrañas para quienes las viven. De ahí que se recurra cada vez más a técnicos del alma como el coach del amor.
            
         El grado siguiente de despersonalización se alcanza cuando el experto ya no es un profesional con nombre, apellidos y titulación, sino una máquina. Las páginas de internet dedicadas a la búsqueda de pareja refuerzan la formalización mercantil y por tanto abstracta del amor. La propia Eva Illouz inscribe el análisis de esos portales electrónicos en su disección del “capitalismo emocional”. La página de contactos descompone nuestra individualidad en descriptores fosilizados: “extrovertido, atlético, sano, no fumador, amante de la naturaleza”. Esta captura sin resto en casillas y generalidades nos vuelve intercambiables y, por eso mismo, tiende a cosificarnos.

Internet da otra vuelta de tuerca a la complicidad entre psicología y consumismo. La elección de pareja obedece al cálculo del consumidor que procesa información para escoger, supuestamente, cada vez mejor. En ese sentido escribe Eva Illouz: “Los encuentros en internet se convierten en transacciones económicas, aceptadas como tales por los propios usuarios”. Sin embargo, la cosificación se vuelve parcialmente consciente y por eso prolifera el cinismo. Como se sabe, adoptamos una actitud cínica cuando comprendemos la falsedad o la ilusión de una acción, pero al mismo tiempo no podemos evitar participar en ella.
            
          El amor romántico de la literatura del siglo XIX se caracterizaba, entre otras cosas, porque la lógica de la mercancía quedaba suspendida o al menos enfrentada a alguna forma de resistencia. En la inmersión romántica no hay un desmembramiento del individuo en propiedades vendibles, sino un singular que despierta nuestra fantasía, alimentada por la cultura y la memoria. Es verdad que el enamoramiento conlleva una idealización fantasiosa, pero en relación con alguien que existe y es único.

          Unos mínimos de singularidad y autonomía, la posibilidad de “experiencias no reglamentadas”, como decía Theodor W. Adorno, están en peligro de extinción, si nuestras propias emociones se han traducido a estándares objetivos por los que somos evaluados en el trabajo y seleccionados o descartados sin esperanza en las páginas de contactos. Quizá por eso los millones de retratos de internet recuerdan vagamente a aquel gato de Alicia en el país de las maravillas que exhibía una sonrisa sin rostro antes de esfumarse y no dejar huella.




martes, 3 de enero de 2017

La vuelta de Ivan Illich

Daniel Barreto


Durante los años setenta, los libros de Ivan Illich fueron una referencia para el pensamiento crítico. Sus análisis sobre la nocividad de la sociedad industrial, la alienación tecnológica y los efectos contraproductivos del desarrollo ilimitado del sistema de transportes o de la salud sacudieron muchas certezas a derecha e izquierda. Illich era un intelectual cosmopolita. Nacido en Viena en 1926 y formado como teólogo, historiador y filósofo en Italia, fue cura de la comunidad portorriqueña de Nueva York, vicerrector de la Universidad Católica de Puerto Rico y fundador de una insólita universidad alternativa en México, el Centro Intercultural de Documentación (CIDOC).
Desde 1963, el CIDOC se convirtió en lugar de encuentro para la intelectualidad crítica internacional. En sus seminarios autónomos intervenían Erich Fromm, Paulo Freire, Paul Goodmann, André Gorz, Octavio Paz, Peter Berger, Susan Sontag, Enrique Dussel, John Holt y muchos otros. Con el impulso de estos seminarios en verdad libres, pues no estaban sometidos ni a la innovación ni al mercado, Illich escribió algunos de sus provocadores libros La sociedad desescolarizada (1971), La convivencialidad (1973), Némesis médica: la expropiación de la salud (1975).
A partir de los años ochenta, Illich desapareció del horizonte político y cultural. El CIDOC había cerrado sus puertas en 1976. Muchos sobreentendieron que su pensamiento se había apagado igual que los impulsos de la cultura alternativa y utópica de los sesenta. No era así. El itinerante y políglota Illich continuó profundizando en los temas y las preguntas que le habían apasionado desde el principio. Durante los ochenta impartirá clases y conferencias y, sobre todo, seguirá escribiendo, nunca aislado, sino en intensa colaboración con investigadores independientes a quienes se vincula con un extraordinario sentido de la amistad. Entre los libros de entonces hay que mencionar la que tal vez sea su mejor obra, En el viñedo del texto (1993). Vinculado a la universidad de Bremen en sus últimos años, Illich fallece en esa ciudad alemana en 2002.
Sin embargo, el olvido de Illich ha sido relativo. Su huella mantiene una influencia subterránea. Pienso, por ejemplo, en su colaboración con la pensadora feminista Barbara Duden o su eco de fondo en el filósofo italiano Giorgio Agamben. Charles Taylor, autor de una obra monumental sobre las transformaciones de la religión en la modernidad, La era secular (Gedisa, 2015), afirma haber encontrado en el último Illich la clave de su interpretación de la edad moderna. Esta no sería un proceso de sustracción gradual de lo religioso, la secularización, sino una traducción desviada de los valores del cristianismo.
En cualquier caso, llama la atención su nueva presencia en las librerías. A partir de 2006, Fondo de Cultura Económica comenzó a editar sus Obras reunidas, con mejores traducciones que las publicadas por Barral en los años setenta. Enclave Libros difundió en 2013 Conversaciones con Ivan Illich. Un arqueólogo de la modernidad, de David Cayley, larga y fascinante entrevista que proporciona una visión del itinerario de Illich. En la misma editorial acaba de publicarse una monografía sobre su pensamiento educativo, Desescolarizar la vida, de Jon Igelmo Zaldívar. En 2012, el sello Virus reeditó La convivencialidad y el año pasado apareció en Díaz y Pons El derecho al desempleo útil y sus enemigos profesionales con un prólogo muy esclarecedor de José Manuel Naredo.
La vuelta de Illich no es casualidad. La crisis económica, la crisis ecológica o la crisis de los refugiados, a quienes Europa da la espalda, son las caras de un proceso más profundo, “una crisis de civilización”, como ha dicho Emilio Fernández Maíllo. La salida no puede ser más de lo mismo. En su genealogía crítica de las principales instituciones modernas y de la ideología del progreso, Illich logró articular algunos rasgos de una sociedad futura mejor. Esta posibilidad, creía, se hace menos remota en las crisis, pues estas “pueden significar el instante de la elección, ese momento maravilloso en que la gente se hace consciente de su propia prisión autoimpuesta y de la posibilidad de una vida diferente”.
Según Illich, a partir de la revolución industrial, hay que distinguir dos tipos de instituciones: las manipulativas y las convivenciales. En las primeras el valor de uso se ha convertido en marginal. Solo importa el crecimiento independiente e ilimitado de las estructuras. Las instituciones manipulativas “gestionan” al individuo como mero recurso o material para su expansión (ahí tiene su origen la fría retórica que hoy recomienda “gestionar las emociones” o calcula el “capital humano”). Por eso debe emplear gran parte de su mano de obra en producir necesidades ficticias. Por ejemplo, la industria del automóvil genera la demanda de prestigio, velocidad o confort más allá de todo criterio o medida sobre las necesidades de desplazamiento y su satisfacción universalizable. Hay un umbral de crecimiento a partir del cual las instituciones producen el efecto contrario al que le daba sentido. La iatrogénesis, que remite a las enfermedades causadas por el propio sistema de salud, tendría su origen en la extralimitación de la lógica manipulativa.
Por el contrario, las instituciones “convivenciales” se mantienen a la altura del control y la libertad sociales, no colonizan la autonomía personal, se detienen ante ciertos límites y están siempre abiertas a ser sustituidas por alternativas. Como no son fines en sí mismas, sino que están al servicio del individuo, respetan su creatividad e imaginación. Las relaciones humanas vuelven entonces a ser posibles como experiencias no planificadas ni controladas por instancias impersonales.
No es difícil constatar que la tendencia de las instituciones actuales se orienta más a la función manipulativa que a la convivencial. Basta tener en cuenta la respuesta de la “alta política” europea a la crisis económica en curso. El reajuste del sistema y la “senda del crecimiento” legitiman, con el oscuro argumento del sacrificio, el sufrimiento de inocentes. Otro buen ejemplo son las redes sociales de internet, donde la atención y la energía psíquica son modeladas directamente según la forma de la mercancía. Frente a esta lógica dominante, ¿en qué instituciones es posible rastrear hoy restos o quizá anticipos de una dinámica convivencial? Es urgente pensarlo. Por eso regresa Ivan Illich.

miércoles, 21 de diciembre de 2016

Poema sobre la sesión "Experiencia interior y resistencia solidaria" de junio del 2016

David Rodríguez


Atrapado entre mis deseos, viviendo mi vida
en un mundo en ruta de colisión.
En busca de la soledad sonora.
Atrapado en mundo en ruta de colisión.
Sin brújulas, ni planes, ni certezas.
Sólo miles de rarezas y contradicciones internas.
Aprehendiendo a ejercer el poder de los sin poder.
En el silencio místico de la oscuridad iluminada.
Entre la locura y el saber, que se escapa
del desasimiento de la duda.
Sin etiquetas, ni escuelas, ni conocimientos fijos.
Atrapado en mundo en ruta de colisión.

Sobre el "mundo pantalla"


Orlando C. Guerra


El mundo actual piensa que la ciencia y la técnica están al servicio del ser humano y que ambas facilitan la vida haciéndola de manera más cómoda ante nuestros ojos. Pero en verdad, ¿qué es lo que tenemos ante nuestros ojos?, pues el dominio opresor de la técnica y la ciencia, de tal forma que lo hemos confundido con nuestro entorno convirtiéndolo en parte de nosotros como una necesidad básica. Al hombre se la ha quitado su visión periférica y se le ha anclado su mirada ante el hecho de que vivimos en un “mundo pantalla”. Este dominio nos tiene tan oprimidos que apenas somos capaces de quitar la vista de esos rostros electrónicos sin sentimientos ni expresiones que han sustituido y modificado de forma radical nuestra manera de relacionarnos.

 Es cierto que podemos comunicarnos con cualquier parte del mundo y conocer lo que ocurre a nuestro alrededor en todo momento, pero si hemos ganado con esto, ¿qué es lo que hemos perdido? Imaginemos por un momento que pudiéramos apretar el botón del OFF de la técnica y dejáramos de mirar nuestros móviles, ordenadores, tablets, etc… en principio parecería que nos lo han quitado todo, que no podemos hacer nada, es como si nos faltara la respiración, pero nuestra primera reacción es buscar al otro, preguntar qué es lo que ha pasado, surgiendo así una conversación, una conexión que va aumentando a  medida que vamos hablando con más personas. Y en esos intercambios observamos sus alegrías o desengaños, sus preocupaciones, sus necesidades, etc… al igual que ellos se darían cuenta de las nuestras, y todo ello gracias al cara a cara. 

Todo esto demuestra que estas relaciones tras una pantalla pueden carecer totalmente de sentimientos y verdad. Muchos ocultan su estado de ser y llegan a mentir, dando otra apariencia que en definitiva no es la que los define. Las relaciones cara a cara nos ponen a prueba con todas nuestras facetas al descubierto y hace que nos demos cuenta de cual son nuestras necesidades y nuestras prioridades. Existe un mundo “real” fuera de nuestras pantallas, que merece sin duda la pena vivir, el cual es más interesante y satisfactorio que ese mundo semi-virtual que hemos creado bajo el amparo de la técnica. Es hora de revisar lo que la técnica y la ciencia nos ha aportado como herramientas a nuestro servicio y descartar aquello que nos esclaviza, e incluso preparar un plan b para el día en que necesitemos hacer una revolución contra la técnica para que ésta quede derrotada, porque habrá muchos que la tienen tan asumida, que serían capaz de someter al resto de los hombres, con tal de sentirse siempre “conectados”.

No hay nada mejor que una buena compañía que proporcione una agradable conversación en un entorno natural en el que los sentidos y los sentimientos estén por encima de lo virtual, y donde el hombre domine la técnica y no sea dominado o esclavo de ésta. La cuestión que me pregunto ahora y si aún estamos a tiempo de conseguirlo o hemos atravesado ese umbral de no retorno que nos llevará en un futuro a revelarnos contra la técnica. Ahora tan solo me queda volver a conectar el botón del ON de la técnica y centrarme de nuevo en la pantalla para poder terminar este trabajo, pero no se equivoquen que una vez impreso vuelvo a darle al OFF.

Para salir de la rueda del hámster

Daniel Barreto


En general se considera que lo propio del mundo moderno es la revolución científica, el abandono de la religión, la libertad individual y la sociedad de mercado. Sin embargo, estas caracterizaciones quedan incompletas si no nos ocupamos de la peculiar construcción moderna del tiempo: la aceleración. ¿Qué es exactamente lo que se acelera en nuestra época? El filósofo alemán Hartmut Rosa lo tiene claro. Según explica en su libro Aceleración y alienación (Katz, 2016), son tres los ámbitos que aumentan su velocidad: la tecnología, el cambio social y la vida cotidiana.
Es evidente que, desde los transportes a la informática, la historia de la tecnología moderna supone el incremento de la velocidad. El progreso tecnológico ha contraído el espacio y el tiempo. De modo análogo, las transformaciones sociales ya no tienen lugar entre generaciones, ahora los cambios radicales de costumbres y formas de vida se dan a lo largo del ciclo vital de una misma generación. Igualmente, la vida cotidiana sufre la presión continua de la escasez de tiempo. Se suponía que el avance tecnológico ampliaría el tiempo libre, pero extrañamente sucede al revés. La amenaza de los plazos tortura los quehaceres diarios hasta que la tensión rompe el arco y el individuo se para en seco, extenuado, ante el agujero de la depresión.
¿Cuáles son las causas de la aceleración? Una es económica y otra, cultural. Por un lado, nuestra sociedad está propulsada por la economía capitalista. La lucha por los beneficios o el prestigio convierte a los actores sociales en competidores permanentes. Cada vez es más difícil encontrar esferas de la sociedad sustraídas a la lógica de la concurrencia. Las relaciones familiares y amorosas también asumen el modelo de las transacciones económicas. Todo vale con tal de no ser considerado un fracasado. La velocidad es un factor decisivo porque, como se sabe, “el tiempo es oro”. Los lentos están condenados al olvido al borde del camino y, para colmo, son declarados culpables de su propia marginación.
Por otro lado, el segundo motor es la búsqueda de un sustituto de la religión. La aceleración esconde una represión religiosa. El enmascaramiento consiste en la realización febril de todas las experiencias posibles. La identificación con la totalidad del mundo a través de la suma de las vivencias imaginables querría olvidar la limitación humana y la muerte. Se puede decir que la modernidad quiso borrar del mapa la religión, pero falsas trascendencias se han colado por la puerta de atrás.
El imperativo de la aceleración es tan extremo que el individuo se ha convertido en un mero recurso que debe plegarse a su ritmo desbocado. Por eso, según Hartmut Rosa, los patrones temporales del siglo XXI sugieren paralelismos con las formas de dominación totalitaria. Para pensarlo considera cuatro rasgos definitorios de los regímenes totalitarios: primero, ejercen una presión sobre los individuos que anula su libertad; segundo, son omnipresentes, pues invaden todos los ámbitos de la sociedad; tercero, se presentan como inevitables en la forma de destino o “segunda naturaleza”, y cuarto, es casi imposible criticarlos.
El carácter totalitario de la aceleración contradice las promesas del proyecto ilustrado, a saber, la autonomía individual y el gobierno democrático. Los ideales de la Ilustración ya no se realizan ni siquiera para una minoría (como sucedió en algunos momentos entre la Revolución Industrial y los últimos suspiros del Estado de Bienestar), pues la turbina económica somete a todos, desempleados, trabajadores y empresarios, a un régimen de aceleración que convierte sus vidas en imparables ruedas de hámster. Los pequeños oasis de desaceleración, como las vacaciones o las sesiones de yoga, suelen tener un sentido funcional, pues pretenden recuperar fuerzas para asegurarse más velocidad que los adversarios en el siguiente tramo de la carrera al éxito.
Por eso, para la Teoría Crítica, esa filosofía que sí arrima el hombro para acabar con las causas del sufrimiento social, es necesario un análisis a fondo de las condiciones y efectos de la aceleración. En esa dirección, Hartmut Rosa propone desempolvar el concepto de alienación, un arma de la crítica del joven Karl Marx. La alienación remite a aquella situación en la que el individuo, sin estar obligado por nadie, vive y actúa de un modo que en realidad rechaza. La persona alienada está interiormente desdoblada, fuera de sí, carece de centro y libertad. La alienación actual es consecuencia de la aceleración. Ciertamente, el tiempo posibilita la relación con los otros y el mundo. Entrar en un “campo de resonancia” con los otros implica respetar y reconocer sus ritmos. La paciencia, la espera y la confianza significan dejar ser al otro quien es. Sin experiencia del tiempo se diluyen tanto el yo como la percepción del mundo. Por eso señalaba Marx en los Manuscritos de 1844 que la alienación respecto de sí mismo y respecto del mundo son fenómenos correlativos. Lo mismo podemos decir del tiempo necesario para la deliberación democrática. La democracia es irreconciliable con el torbellino cinético. Solo esto, aunque hay muchas más razones, debería mantenernos escépticos y despiertos frente a las ilusiones populistas de la ciberdemocracia.
La enajenación temporal del siglo XXI se comprende bien si tomamos en cuenta lo que se ha llamado la “paradoja subjetiva del tiempo”. Cuando realizamos actividades que nos entusiasman, el tiempo pasa más rápido que al asumir tareas que nos aburren. Sin embargo, en el recuerdo, el tiempo vivido intensamente da la impresión de ser mucho más largo. Una experiencia intensa acorta el tiempo, pero gana espesor en la memoria. Lo sorprendente es que la tradicional “paradoja subjetiva del tiempo” ya no es la regla. La tarde pasada frente a las imágenes volátiles de las pantallas, zapeando o navegando en internet, transcurre velozmente. No obstante, cuando recordamos esa tarde, el tiempo parece increíblemente breve y vacío. La correlación entre tiempo intenso y memoria larga se transforma hoy en la reducción y vaciamiento del tiempo tanto vivido como recordado. ¿Por qué ocurre esto? Porque ante la pantalla no realizamos experiencias, no insertamos lo que sucede en la trama vital de nuestro ser corporal y nuestra biografía, en la relación entre memoria y esperanza. La velocidad impide que el tiempo deje huellas.
Al recuperar la idea de alienación, Hartmut Rosa recuerda que los elementos para resistir a la dominación de la velocidad están en la promesa no cumplida de la Ilustración. La llamada “crítica ética” toma como punto de partida la idea de “vida buena” y el deseo de felicidad, intuidos especialmente por quienes aspiran a rebelarse contra la tortura psíquica del tiempo menguante y la culpa por no cumplir con todos los “shocks” de la sociedad de consumo. Quienes sufren los golpes de la depresión o la ansiedad necesitan, a menudo sin saberlo, poner palos en la rueda del hámster. El asunto, sin embargo, no se resuelve solo con esfuerzos individuales, la respuesta es política. El régimen de la velocidad se obstina en repetir que “el futuro ya acabó”. En realidad, la aceleración hacia ninguna parte oculta la parálisis en un ficticio final de la historia. De ahí que echar mano del freno de emergencia, tarea de una verdadera “nueva política”, sea la condición para abrir el futuro.